Viernes Santo: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús

Florece el olivo en el campo y en el cielo brilla la superluna, la más grande del año 2020… nada en los planes de Dios es casualidad.

Hace 3332 años el pueblo hebreo salió de Egipto, luego de que el ángel exterminador pasase por aquellas casas que no estaban señalizadas con sangre y diera muerte a todos los primogénitos para así hacer justicia con los dioses de Egipto. Fue y sigue siendo un día memorable para el pueblo judío, “ley perpetua” (Éxodo 12).

Los cristianos también coincidimos, esta semana, celebrando nuestra Semana Santa: la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesús. Era jueves cuando Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar su última cena. Siendo Dios se agachó y lavó los pies de sus 12 incrédulos apóstoles. Simón Pedro no quiso que Jesús le lavara los pies (“No me lavarás los pies jamás”) pero Jesús le contestó “Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo” y el apóstol, con corazón dócil, recapacitó diciendo “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza” (Juan 13). Es obvio lo que el Señor les está enseñando a aquellos primeros discípulos y a todos los que en Él creen: si no nos hacemos servidores de nuestro prójimo sencillamente no somos cristianos.

En su última cena Jesús también nos hace un regalo inmenso. Toma pan y dice: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hace con el cáliz de vino: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”. Con estas sentidas acciones los cristianos proclamamos la muerte del Señor, hasta el día que Él vuelva (Corintios 11).

Pero estos son días de pandemia y muchos de nosotros nos preguntamos “donde estás, Señor? Ayúdanos por favor!”. Nos encantaría ver aparecer al Dios de los ejércitos, el invencible y omnipotente, que con un gesto inmediato cura la entera humanidad. Sin embargo, nos sentimos desamparados y estamos inmersos en una pasión de incertidumbre y miedo. No sabemos bien cómo puede evolucionar esta emergencia sanitaria. Lo mejor es meditar y contemplar a Jesús en la cruz, allí mismo donde los demás se burlaron y se siguen burlando de Él.

Por la calles y ventanas de muchos lugares del mundo se ven carteles que dicen “Todo irá bien” y, encerrados en nuestras casa como estamos, esa es nuestra esperanza. El mundo está de rodillas, en muchos sentidos, y a Jesús nos aferramos en este momento de prueba. Pienso en aquel centurión romano, que no era creyente, y que viendo a Jesús en la cruz – con su sagrado corazón herido por una lanza, perdonando a sus malhechores – finalmente reconoció que Él era el Hijo de Dios.

Sabemos que la muerte no tuvo la última palabra con la vida de Jesús así como no la tiene sobre cada uno de nosotros: la vida eterna nos espera. Sin embargo, la cruz de Jesús es la verdadera catedra de Dios, no hay otra lección más profunda en toda la milenaria historia de la humanidad. La cruz de Jesús significa amor, entrega, es la esencia misma del Dios en el cual está puesta toda nuestra esperanza.

Les deseo una Feliz Pascua de Resurrección a todos mis lectores.

Foto: La Crucifixión Blanca Crucifixión Blanca, Marc Chagall (1938)

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