Miguel Ángel Buonarroti

Escultor, pintor, arquitecto, ingeniero, poeta y protagonista del Renacimiento, Miguel Ángel Buonarroti nace en 1475 en Caprese, un pueblito en provincia de Arezzo, Toscana. A pesar de que su padre le aconsejaba otro oficio, con 12 años Miguel Ángel entra en la “bottega” (taller) de los famosos hermanos Ghirlandaio, en Florencia, donde se inicia en las disciplinas del arte (diseño, pintura, escultura, mezcla de colores, geometría, anatomía, etc.).

Luego de apenas un año, las esculturas del adolescente Buonarroti despiertan la admiración de nada menos que Lorenzo de Medici, estadista, gobernante, banquero, poeta y filósofo al igual que mecenas de renombre que la historia recuerda con el apodo de “el Magnífico”.

A la muerte de su gran mecenas en 1492, Buonarroti deja Florencia y pasa un tiempo en Venecia y Boloña; finalmente, recala en Roma donde esculpe “La Piedad” para la tumba de un cardenal francés. Miguel Ángel tiene solo 23 años cuando realiza esta obra maestra entre 1498-99 que hoy en día se puede admirar entrando en la Basílica de San Pedro, inmediatamente a la derecha. Miguel Ángel nunca firmaba sus obras; sin embargo, la única que lleva su firma es “La Piedad”. Alguién había dudado que la pieza fuera del Buonarroti y en un arrebato de furia Miguel Ángel esculpió una cinta en el pecho de la Virgen María que dice en latín “Michaelangelus Bonarotus Florentinus Faciebat” (Miguel Ángel Buonarroti, florentino, hizo esto).

Cabe recordar que en mayo de 1972 “La Piedad” fue objeto de un acto vandálico por parte de un geólogo húngaro, de 33 años, que propinó 15 martillazos a la icónica escultura mientras gritaba “¡Yo soy Jesucristo resucitado de entre los muertos!”. Los golpes, asestados exclusivamente a la Virgen María, quebraron su brazo izquierdo, a la altura del codo, dañaron parte de su nariz, un párpado, así como el velo alrededor de su cabeza y cuello. Durante un año un grupo de expertos restauradores pudo reparar perfectamente los daños y hoy en día la estatua se exhibe detrás de un cristal blindado.

Entre 1501 y 1504 la Catedral de Florencia comisiona a Buonarroti otra de sus icónicas estatuas: el David. Esta es una obra alta cinco metros que Miguel Ángel, con 26 años, inicia a esculpir utilizando un bloque de mármol que otro artista había iniciado y abandonado. El resultado final es impresionante. La escultura original hoy se guarda en la Galería de la Academia, en Florencia, mientras que una copia se exhibe en la entrada del Palacio de la Señoria, el histórico Ayuntamiento florentino.

En 1508, bajo la insistente petición de papa Julio II, Miguel Ángel inicia la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, obra que tardará cuatro años en completar. Inicialmente, papa Julio II le había pedido a Buonarroti de diseñar y realizar su propia tumba; luego, sin embargo, ajetreado como el Papa estaba con la total renovación de la Basílica de San Pedro, el proyecto del mausoleo papal se dejó de lado y solo se finalizó luego de la muerte de Julio II, que está enterrado en la iglesia de San Pedro en Vincoli donde le hace guardia el imperioso Moisés de Miguel Ángel.

En realidad, Miguel Ángel no quería aceptar el proyecto de la Capilla Sixtina. “Soy escultor, no soy pintor” le dijo al Papa que, de mal genio igual que el artista, nunca toleraba una respuesta negativa a sus deseos. La bóveda de la Capilla Sixtina se considera como uno de los trabajos artísticos más complicados que se hayan realizado nunca. Miguel Ángel lo realizó solo, sin ayudantes, trabajando sobre andamios a unos veinte metros de altura, diseñando sobre los cartones previamente preparados y con pintura “al fresco” (base de yeso y arena que debía aplicarse con paleta y pintarse antes que se secara) que, además, era una técnica que empleaba por primera vez y que también llegaba a salpicarle fastidiosamente en los ojos. Un esfuerzo físico verdaderamente agotador que duró cuatro años y que completó en 1512, aunque ya en 1510, por órden del impaciente Papa y en contra del deseo de Miguel Ángel, se abrió al público para que pudiera admirar la asombrosa obra.

En la bóveda se muestran nueve escenas del Génesis: la embriaguez de Noé; el Diluvio Universal; el sacrificio de Noé; el pecado original y expulsión del Paraíso; la creación de Eva; la creación de Adán; la separación de las aguas y tierras; la creación de los astros y plantas; la separación de la luz de la oscuridad. Alrededor hay toda una serie de personajes (profetas, sibilas, etc.) que enmarcan las escenas centrales entre la cuales, sin duda, sobresalen la creación de Adán y la expulsión del Paraíso. Notar que los temas teológicos fueron escogidos por Miguel Ángel, es decir Julio II optó por fiarse ciegamente de su elección.

Casi 25 años luego de haber pintado la bóveda, bajo la invitación del nuevo Papa Pablo III, Miguel Ángel inicia a pintar en 1536 el mural del altar mayor de la Capilla Sixtina con el “Juicio Universal”, obra que acabará en 1541. A diferencia de los temas de la bóveda, el “Juicio Universal” se refiere al Nuevo Testamento y específicamente al libro del Apocalipsis por tanto todo está centrado alrededor de Jesús, su Madre, los Apóstoles, discípulos, mártires, santos, etc., de un lado, y la humanidad condenada del otro.

Técnicamente menos complicada que la bóveda, el “Juicio” es igualmente una obra asombrosa y, originariamente, muy escandalosa. Efectivamente, siendo escultor, in primis, Miguel Ángel admiraba el físico humano – que siempre tiende a dibujar/pintar en manera musculosa, inclusive el cuerpo femenino – y el hecho que en el “Juicio” pintara casi todos los personajes desnudos causó un verdadero escándalo en el Vaticano, tanto es así que hubo quien pidió borrar el “vergonzoso” mural. El pintor El Greco se ofreció pintar otro “Juicio” en su lugar pero finalmente, al año siguiente de la muerte de Miguel Ángel, se optó por modificar las partes más comprometedoras cubriéndolas con finos velos empezando por el mismo Cristo.

Como se puede notar, a la izquierda del Redentor, a media altura, están los que posiblemente sean condenados, dentro de los cuales podemos ver a San Bartolomé que aguanta una especie de persona vuelta piel: la cara de esa persona claramente es el rostro de Miguel Ángel que a modo de testamento final, allí, en la sala donde se eligen los pontífices, parece como decir: “confieso ser poca cosa… toda mi indignidad” de estar entre los elegidos. En la parte inferior izquierda se ven los definitivamente condenados que bajan hacia un barco que los llevará al Infierno. A la derecha del Cristo, en cambio, están los definitivamente salvos y más abajo los que van subiendo hacia la posible redención.

Miguel Ángel no solo fue un inmenso talento artístico sino que tenía un carácter perfeccionista, tenaz, visionario. La Capilla Sixtina fue un enorme desafío como artista pero también como creyente. El ‘500 es el periodo de la contra-reforma durante el cual la Iglesia Católica, sacudida por sus errores internos como por herejías externas, se ve cuestionada por la dinámica cultura renacentista de las élites como también por otros sectores de la sociedad que se van emancipando. Sin embargo, cinco siglos después, el tiempo confirma que la visión de Miguel Ángel no era ni pecaminosa ni irrespetuosa, era y es más bien idílica y atemporal: aquel estado en el cual estuvo el ser humano antes del pecado original cuando fue una creación pura y maravillosa.

La poesía fue como un diario privado para Miguel Ángel donde confesó algún afecto sentimental o platónico. Quizá unos de sus versos más reveladores es el que dice: “Me cautiva el amor y la beldad me ata”. En este diario que acompañó su dilatada carrera artística también se desahogó de las intrigas de palacio en contra de sus proyectos, tal como las del arquitecto Bramante y del pintor Rafael que pensaban que pintar la Capilla Sixtina acabaría siendo un rotundo y embarazoso fracaso para un escultor como Miguel Ángel. Nada más lejos de la verdad.

Es más, hasta el proyecto de la noble cúpula de la Basílica de San Pedro – que había sido trabajado por Bramante y, después de su muerte, por Rafael – también acabó en las manos de Miguel Ángel que vió en gran parte realizado su diseño durante el período 1549-1558. Miguel Ángel también diseñó una serie de plazas y palacios en Roma y Florencia, donde además realizó fortificaciones militares.

“El divino”, come llegaron a llamar a Miguel Ángel, es considerado uno de los mayores talentos artísticos de toda la historia. Muy pocos han llegado a desarrollar el talento como el que Buonarroti expresó a lo largo de sus 76 años de carrera artística. Murió en Roma en 1563, le faltaban poco más de dos semanas para cumplir su 88 cumpleaños.

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