Carlos Gardel

A principios de junio de 1935, Carlos Gardel llegó a Colombia procedente de las Antillas Holandesas. Desembarcó en Puerto Colombia, por entonces la terminal marítima de Barranquilla. La llegada del «jilguero de las pampas», uno de los varios apodos de Gardel, tenía convulsionada a la «Arenosa». Multitudes lo seguían para abrazarlo y besarlo, un delirio colectivo complicado de manejar aún para la policía local.

Actuó en Barranquilla, Cartagena, Medellín y Bogotá donde dió 18 actuaciones en 16 días. El domingo 23 de junio cantó en la capital por la radio La Voz de la Victoria ante un estudio repleto como la misma amplia Plaza Bolívar, donde la emisora colocó varios altoparlantes. Antes de cerrar con su último tema – «Tomo y obligo» – quiso despedirse con estas palabras:

«Quiero decir que he sentido grandes emociones en Colombia. Gracias por tanta amabilidad. Encuentro en las sonrisas de los niños, las miradas de las mujeres y la bondad de los colombianos un cariñoso afecto para mí. Me voy con la impresión de quedarme dentro del corazón de los bogotanos. Voy a ver a mi vieja, pronto. No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone. Pero es tal el encanto de esta tierra que me recibió y que me despide como si fuera su hijo propio, que no puedo decirles adiós, sino hasta siempre.»

Su «vieja», su madre, por entonces estaba de vacaciones en Toulouse, en Francia, pero a finales de ese año tenían programado encontrarse de nuevo en Buenos Aires.

Al día siguiente Carlos Gardel, junto con su letrista Alfredo Le Pera, su guitarrista Guillermo Barbieri y otros acompañantes emprendieron vuelo hacia Medellín. Allí harían una breve etapa para luego continuar en avión hacia Cali, la siguiente cita.

A las 15:00 aproximadamente el avión Ford Trimotor matrícula F-31 de la empresa SACO «Servicio Aéreo Colombiano» despegó desde la pista del Aeródromo «Las Playas» (hoy Aeropuerto Olaya Herrera) con rumbo a la capital del Valle del Cauca. Por causas nunca del todo esclarecidas, mientras el trimotor se elevaba unos pocos metros de tierra fue a embestir otro avión del mismo tipo perteneciente a la empresa SCADTA (Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos) que estaba detenido en espera de salir.

Siempre se ha hablado de cuatro o cinco posibles causas al origen de este accidente aéreo. El informe oficial cita como causa un fuerte viento de cola de sur-este, con una intensidad de desvío de 10-15 metros por segundo, y que repentinamente pudo haber sacudido al F-31 fuera de su trayectoria. Las huellas que dejó el avión de Gardel indican que cuando chocó la aeronave habría desviado unos 90 metros del eje de la pista. Sin embargo, cálculos más recientes realizados por expertos indicarían que aún con un fuerte viento de cola, como el conjeturado en el citado informe, el desvío no podría haber sido mayor de unos 15 metros.

Otra hipótesis se centra en un posible fallo técnico que pudo haber sufrido alguno de los tres motores del F-31, causa imposible de investigar dada la destrucción total del avión. Otra causa indica que Ernesto Samper Mendoza, dueño de la aerolínea SACO y piloto del trimotor que tenía el honor de llevar a bordo la estrella mundial del tango, podría haber consumido alcohol en exceso. En esos años, hubo una durísima rivalidad comercial entre SACO y SCADTA y otra posible causa podría ser alguna acción intencionada, un desafío entre los pilotos o un sabotaje, que pudo provocar el trágico choque. Otra hipótesis sugiere que, en fase de despegue, entre Gardel y su letrista Le Pera hubo una discusión acalorada seguida de un disparo que hizo perder el control del F-31 al piloto. Una última hipótesis, quizás la más acreditada, fue que Samper no movió el estabilizador de cola a posición «nariz arriba», una vez que la cola del avión se iba levantando, para así poder despegar con toda normalidad; es el problema de los «flaps» (deflectores de aire) que tantos otros accidentes aéreos han causado durante el despegue.

Si fue una de estas singulares causas o la interacción entre algunas de ellas ya nunca se podrá saber. Lo que si sabemos es que ese lunes 24 de junio de 1935 en el choque de las dos aeronaves y en el inmediato incendio que estalló fallecieron 17 personas: 2 tripulantes y 8 pasajeros del F-31 de SACO, entre los cuales Carlos Gardel, su letrista Le Pera y sus guitarristas Barbieri y Riverol; y 2 tripulantes y 5 pasajeros del «Manizales» de SCADTA. Solo hubo 3 supervivientes: el guitarrista José Maria Aguilar, José Plaja, profesor de literatura, y Grant Flynn, Jefe de Tráfico de SACO. Algo extraño es que Flynn iba de pié durante el decolaje, cerca de la portezuela del avión que no estaba cerrada del todo, y cuando se dio cuenta del inminente choque se lanzó al aire y así se salvó; luego regresó a los Estados Unidos y, curiosamente, nunca más se supo nada de él.

Restos aún humeantes del choque entre los dos aviones – 24 de Junio, 1935, Medellín

Al momento del accidente, Gardel iba sentado en la parte anterior izquierda del F-31 e hizo un intento para salir del fuselaje pero en la dinámica del accidente acabó siendo aplastado por el motor izquierdo del trimotor. El cadáver del artista se pudo identificar por un pañuelo semicarbonizado que tenía sus iniciales. Alrededor de su cuerpo también encontraron esterlinas de oro – divisa preciada de aquellos tiempos – desprendidas del cinturón que Gardel solía llevar. Además, en los huesos de su brazo derecho quedaron dos cadenitas de oro que el fuego no alcanzó a fundir: una de ellas llevaba la inscripción «Carlos Gardel – Jean Jaurès 735 Buenos Aires», su último domicilio que compartía con su amada madre y que hoy es la Casa Museo Carlos Gardel.

En el ápice del éxito Gardel dejó truncada una carrera estelar con alrededor de 800 canciones grabadas y una decena de musicales «tangueros», rodados en Francia y en América, en las que aparece con su personaje cuidadosamente construido, con pelo engominado, traje impecable, sombrero de ala y fulgurante sonrisa.

«El Zorzal Criollo», otro famoso apodo de Gardel, había nacido en Toulouse, Francia. Charles Romuald Gardes, su nombre de nacimiento, fue inscripto el 11 de diciembre de 1890 en el registro civil de dicha ciudad. Paul Lasserre, su padre, nunca lo reconoció. Gardel nació en un hospicio de madres solteras donde Marie Berthe Gardes, su madre, buscó amparo ante el rechazo de su propia familia. Por un tiempo ambos vivieron en Rue du Canon d’Arcole no. 4, cerca del Río Garona que atraviesa la ciudad de Toulouse, en el sur-oeste de Francia, no muy lejos de los Pirineos. Dos años después, buscando una nueva vida y nuevas oportunidades, ambos desembarcaban en el puerto de Buenos Aires.

En los inicios madre e hijo vivieron en convento y en los barrios bajos de la zona porteña, frente al Río de la Plata. Gardel fue un «pibe» vivaracho y simpático. Realizaba multitud de oficios para ayudar a su madre que se empleó como planchadora de camisas. Carlitos cantaba en las esquinas de las calles, en fiestas y agasajos donde pasaba el platillo, poco a poco cogió confianza y se lanzó a buscar trabajo en los bares y cafés. Ya por 1908, con 18 años, se le conocía como «El Morocho» o «El Morocho del Abasto», mercado central de Buenos Aires donde el joven Carlos también trabajó.

En 1911 formó un dúo folclórico con el cantor uruguayo José Razzano, apodado el «Oriental». El reconocimiento público les llegó tres años después cuando la pareja se presentaba regularmente en el prestigioso cabaret Armenonville en Buenos Aires. Además de interpretar milongas, zambas y malambos criollos el dúo también se atrevió a cantar el tango puesto que hasta entonces el tango había sido puramente instrumental.

Para 1925 el dúo Gardel-Razzano se disuelve: Razzano se retira por problemas de voz pero ya Gardel goza de fama propia y en 1927-28 cosecha un enorme éxito en París. La Ciudad Luz, por entonces, con sus vanguardias artísticas – intelectuales, es el epicentro del mundo moderno. Pasada la tragedia de la Grande Guerra, la gente quiere divertirse. Está de moda el «charlestón», el «jazz», el «cubismo», el «fauvismo» y todo lo que es romper con la tradición. En París se refugian artistas, escritores, poetas, científicos, etc. La lista es interminable: Chagall, Modigliani, Picasso, Gertrude Stein, Hemingway, Joyce, Proust, Fitzgerald, Pierre & Marie Curie, Cocó Chanel, Stravinsky, Josephine Baker, etc.

Además, como nadie es profeta en su tierra, es París que pone de moda al tango, y no al revés, dado que ya desde inicio siglo XX varios artistas latinos lo van proponiendo y al público cosmopolita-parisino le fascina este baile sensual y foráneo que alude a transgresión. Luego, cuando el tango volvió de París cubierto de gloria, la clase medio-alta de Buenos Aires – la llamada «París de Sur América» – no tuvo otra opción que adaptarse y aceptarlo como nueva tendencia.

Es curioso este efecto cultural al estilo «bumerán», pero es algo que sucede a menudo. El tango nace en los barrios bajos de Buenos Aires, en la malfamada zona del puerto sobre todo donde la masiva inmigración europea llega y se concentra a principios del siglo XX.

Una noche en París, Gardel debuta en el cabaret «Florida», en Montmartre, local administrado por uno de los hermanos Pizarro. «¿Nervios?…» le preguntan al «Zorzal Criollo» y el responde «No… yo canto igual en París como en Lanús Oeste (barrio de Buenos Aires).» Sus actuaciones en el «Florida» durarán tres meses ganando 3.200 francos por día. (Una fortuna en la época)

En el verano del ’31 Gardel es contratado por el «Palais de la Mediterranée» en Niza. En la Costa Azul, junto con los nobles y pudientes europeos, encuentra a Charles Chaplin, que descansa de sus triunfos cinematográficos, y los dos entablan una amistad duradera. De aquel encuentro, posiblemente, Gardel concretiza aún más sus intenciones de probar suerte en el cine.

En 1931-1932 Gardel es contratado por la Paramount para protagonizar cuatro películas en Francia. Aquí inicia su estrecha colaboración con el poeta-letrista guionista Alfredo Le Pera. Las dos pasiones más grandes de mi vida, confió una vez Gardel a un amigo intimo, son los niños y los animales. Aunque el canto y la música en realidad fueron su gran pasión, hacia los niños ciertamente tenía un cariño especial que probablemente derivaba de su difícil niñez. Significativo cuando Gardel pedía a su fiel chofer de llevarlo a algún convento: «se paraba en silencio a mirarlo,» recordaba el Aviador, seguro que le venían a su mente los tiempos de total desamparo, ese dolor que llevaba «marcáo en el corazón». Los animales, los perros en particular, pero también los caballos le fascinaban. Respecto a estos últimos, Gardel siempre fue un fanático de los hipódromos donde supo dilapidar buena parte de su fortuna.

La vida sentimental de Gardel es un enigma

Varios amigos suyos aseguran que el Rey del Tango – hombre viril pero siempre muy discreto sobre el tema – tuvo «aventuras galantes» en Buenos Aires, en París y en otras ciudades de las cuales, sin embargo, queda muy poco rastro. La historia más conocida es la de su amorío con la joven bonaerense Isabel del Valle, que conoce en 1921 y a la cual llega a darle una casa y «subvenciones mensuales»; sin embargo, hay evidencia que ya a partir de 1927 Gardel desea truncar con este «engorroso» romance.

En realidad quizás los afectos terrenales más importantes de Gardel fueron dos: su madre, por la cual tenía un amor especial, y su barra de amigos íntimos. Esa «barra querida» que versea en «Adiós Muchachos» y sobre la cual Gardel, donde quiera que se encuentre, siempre termina apoyándose. Esa barra formada por sus fieles «escobas» (guitarristas), por Le Pera, por el pianista Castellanos, por su administrador Delfino, por sus íntimos Leguisamo y Spaventa, por su chofer «el Aviador», etc.

El martes 7 de noviembre de 1933 Gardel se embarca en el «Conte Biancamano», el lujoso y veloz transatlántico italiano denominado el «Versalles flotante». Es de noche y el buque se interna en las turbias aguas del amplio estuario rioplatense mientras las luces de Buenos Aires se pierden, atrás, en la oscuridad. En su íntimo quizás Gardel inicia a componer ese tango que, tiempo más adelante y con la ayuda de su fiel letrista, se convertirá en una de sus eternas creaciones:

«Adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno»…

Barcelona y París le esperan aunque Gardel ya tiene definido su próximo objetivo: la conquista del mercado americano. A principios de 1934 Gardel llega a Nueva York y por un tiempo se hospeda en el recién inaugurado y lujoso «Waldorf Astoria Hotel».Graba varios discos, canta en la mítica radio NBC y protagoniza varias películas de gran éxito entre las cuales «El Tango en Broadway».

Estrellas canoras americanas como Bing Crosby y Al Jolson expresan elogios hacia Gardel que en Nueva York también conoce a la familia Piazzolla y su joven astro naciente. Por entonces, el joven Astor Piazzolla tiene 13 añitos pero ya promete, tanto que le llaman «la maravilla infantil del bandoneón», instrumento que toca desde los seis años. Después de escucharlo, referirá Piazzolla años más tarde, Gardel le dijo: «Vas a ser grande, pibe, te lo digo yo… el fuelle lo tocás bárbaro, pero al tango lo tocás como un gallego». Gardel y Astor se hicieron muy amigos y el niño también le fue útil a Gardel como guía y traductor en sus recorridos por los clubs, cafés y tiendas de ropa y zapaterías de Manhattan.

En septiembre de 1934 Gardel toma unas vacaciones en Francia y visita Toulouse donde le espera su madre Bertha y su familia materna. De vuelta en Nueva York, Gardel inicia a rodar «El Día Que Me Quieras», película en la cual debuta Astor Piazzolla como «pibe» vendedor de diarios; luego siguen las filmaciones de «Tango Bar».

Para inicios de 1935 se van ultimando los planes de una larga gira por Latino América que servirá para promocionar todas las recientes producciones discográficas y cinematográficas. A finales de marzo la comitiva Gardel zarpa desde el puerto de Nueva York hacia el Caribe: tiene citas confirmadas en San Juan de Puerto Rico, en Venezuela, Curazao, Aruba, Colombia, Panamá, Cuba y México.

De 1978, Astor Piazzolla nos deja esta imaginaria carta-recuerdo:

«Querido Charlie, jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de «El Día Que Me Quieras». Fue en honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche, Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango. Primer tango de mi vida y ¡acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré. Al poco tiempo te fuiste con Le Pera y tus guitarristas. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a ustedes con mi bandoneón? Era la primavera del ’35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.»

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