Alejandro Obregón

De padre colombiano y madre española, Alejandro Obregón nace en Barcelona, España, el 4 de junio de 1920 y, con orgullo, deseamos celebrar su centenario de nacimiento.

“Qué vas a hacer, Alejandro,” le pregunta un día su padre y el adolescente Obregón contesta “Voy a pintar.” Es una decisión que cae mal a don Pedro que es industrial textilero en Barranquilla. Ya el joven Alejandro había cursado estudios de griego, latín y violín en un colegio exclusivo en Inglaterra y en 1936, con España revuelta en una despiadada guerra civil, vuelve por barco a Barranquilla.

Con 18 años, aburrido del ambiente en “Textiles Obregón”, se marcha al Catatumbo para manejar camiones de 20 toneladas que llevan suministros a los campos petroleros en el noreste colombiano, cerca de la frontera venezolana. Trabajo muy peligroso, al lado de la carretera “se abrían abismos…llenos de magia y misterio”.

Finalmente Obregón senior cede y lleva su hijo a Boston para ponerlo a estudiar pintura, le suelta un dinero y se devuelve a su exitoso oficio industrial en la Arenosa. Obregón inicia a pintar en una clase infantil de 6 a 10 años, él tiene 20 años; pasa dos meses “pintando acuarelitas” y luego ingresa a la Academia de Arte del Museo de Boston donde inicia su aventura artística.

Obregón es por muchos considerado el padre del arte moderno figurativo en Colombia y unos de los sobresalientes talentos artísticos de Sur América. Su visión es especial como también su paleta. Mezcla temas de la pura naturaleza con mensajes políticos, especialmente sobre la violencia, tema que caracteriza toda la convulsa historia de Colombia como del continente amerindio.

Sus coloridos cóndores y barracudas, desde lo alto de los majestuosos Andes hasta los fondos del mar Caribe, pueden verse como representaciones expresionistas de los aspectos vitales y feroces de la realidad americana. Ambos animales se caracterizan por su natura rapaz y voraz pero es por medio de sus pinceladas de color blanco que Obregón les imprime la velocidad de acción que es la misma luz.

Con el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán en Bogotá, en 1948, se desata un ola de violencia por toda Colombia que perdurará por décadas. Obregón sale de nuevo hacia Europa, esta vez con su pareja Sonia Osorio, la dama del ballet colombiano. “Te invito a que nos muramos de hambre, juntos en París,” le dice Obregón “pero te advierto que siempre me levanto de mal genio”. Residieron en Francia hasta el 1954 y tuvieron dos hijos: Rodrigo y Silvana.

Obregón con su esposa Sonia y sus dos hijos

En Europa como luego en Nueva York, Obregón definitivamente pulió su técnica y su visión artística. Sin embargo, Colombia le llama y Obregón vuelve para instalarse en Barranquilla, primero, y luego, hasta su muerte en 1992, en Cartagena de Indias. Aquí es donde encuentra los colores exuberantes y esos destellos de luz radiante, violenta, que caracterizan el esplendor y la madurez de su obra.

En 1959, junto a colegas/amigos como Enrique Grau, Fernando Botero, etc., representa a Colombia en la V Bienal de Arte en Sao Paolo. En Barranquilla, Bogotá y Cartagena realiza toda una serie de obras como el telón del Teatro Amira de la Rosa, el mural para el Congreso de la República en Bogotá, y el mural que decora la Hall del Palacio de Convenciones en Cartagena de Indias. En el Palacio de la Naciones Unidas, Nueva York, también pinta el mural “Amanecer de los Andes”.

Quizá una de sus piezas más apreciadas sea “La Violencia”, cuadro que realiza en 1962 y que hoy día se puede admirar en la colección del Banco de la República, en Bogotá. Este óleo muestra una mujer acostada, lleva un bebé un su vientre, el seno izquierdo al aire y su cara agoniza de dolor. Desde lejos las formas parecen oscuros relieves montañosos, el cuadro es casi 50% oscuridad y 50% luz. Es mensaje social, deseo, plegaria, poesía y arte al mismo tiempo: una obra maestra.

En 1966 Obregón se apunta a la película “ La Quemada” donde cabalga al lado de Marlon Brando. Ama la poesía, es hombre de cigarrillos Pielroja, tabaco negro santandereano que fuma continuamente; también le gusta la parranda, el ron blanco, las mujeres y no desdeña meterse en alguna arena para torear novillos.

El amigo García Márquez lo admira, como muchos otros, pero Obregón es hombre esquivo, evita toda adulación y le aburre hablar de sí mismo: brutalmente sincero, consigo mismo como con su gente querida, siempre recordará que nunca conoció “hombre honesto y recto como mi padre”, aquel ser que un día le soltó un manojo de billetes y le dejó libre de perseguir sus sueños…

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